En esta nota, Rubén Chababo reflexiona sobre el problema de los juicios, la verdad y los testimonios a partir de la miniserie documental «El diablo de al lado» (Netflix). En ella se narra la historia de John Demjanjuk, un residente de EEUU juzgado y condenado en Israel, transcurridos más de cuarenta años de los hechos, como Ivan «El Terrible» de Treblinka, luego absuelto; y, veinte años más tarde, vuelto a juzgar y finalmente condenado, ahora en Alemania, por crímenes cometidos en el campo de Sobibor. El autor propone reflexionar sobre la dificultad que, pasado el tiempo, supone que la realización de la justicia y la verdad para las víctimas dependa entera o principalmente de las propias víctimas.

 

1.

A lo largo de más de tres décadas y media, John Demjanjuk, un ucraniano residente en los Estados Unidos desde finales de la Segunda Guerra Mundial y acusado de ser responsable de atrocidades cometidas en el campo de concentración de Treblinka, estuvo en el centro de atención de los tribunales europeos, norteamericanos e israelíes.

El caso Demjanjuk es imposible de condensar en pocas palabras, porque la historia de este hombre algo rústico, de mirada amable , ferviente religioso, miembro activo de la comunidad ucraniana asentada en Cleveland, es lo más parecido a un confuso palimpsesto en el que nunca es posible asir con fidelidad eso que podríamos llamar “vida verdadera”.

Demajanjuk fue “descubierto” casi por azar en los Estados Unidos hacia mediados de los años setenta e identificado como Ivan el Terrible, el célebre operador de las cámaras de exterminio de Treblinka al que decenas de sobrevivientes recordaban por el extremo sadismo ejercido contra los prisioneros judíos en los momentos previos a la entrada en las cámaras de gas.

Una fotografía y los dichos de un grupo de sobrevivientes de la Shoá, en su mayoría personas mayores de  setenta años, fueron suficientes para lograr esa identificación y de ese modo dar comienzo a un proceso de extradición y posterior juicio a mediados de los años 80 en Israel, país al que fue deportado desde los Estados Unidos. En Israel residía, en ese momento, la mayoría de los sobrevivientes de aquel campo polaco de exterminio

A más de treinta años de iniciado el proceso a Demajanjuk, dos realizadores audiovisuales produjeron una serie para la cadena Netflix que lleva por título El diablo de al lado. La serie, que se extiende a lo largo de cinco capítulos enteramente editados con material documental, es decir, sin la más mínima apelación al registro ficcional, reconstruye con asombrosa fidelidad cada uno de los pasos que llevaron a Demjanjuk desde su plácido lugar de residencia en Cleveland hasta el banquillo de los acusados, primero en Israel y años más tarde en Alemania.

2.

Liubov Popova, «Naturaleza muerta», 1915.

Lo que vuelve fascinante esta historia es, entre tantos otros detalles, la dificultad por confirmar de manera cierta si Demjanjuk es o no la persona identificada por los sobrevivientes. A diferencia de otros casos célebres que ocuparon la atención mundial en el pasado, la vida de Demjanjuk está plagada de zonas oscuras e inciertas que generan dudas constantes acerca de si es  o no el hombre señalado por los sobrevivientes. De allí que desde su deportación a Israel donde es encarcelado y enjuiciado para finalmente ser absuelto en un lapso de casi dos décadas, se despliega un impresionante trabajo llevado adelante por su equipo de abogados que busca demostrar el equívoco en el que, según ellos, incurren los sobrevivientes.

Así como el caso Eichmann, en los comienzos del 60, se inscribió en un contexto nada ajeno al devenir de un naciente Estado de Israel, por entonces escasamente enfocado en la búsqueda de los perpetradores y más preocupado por consolidar su supervivencia geopolítica en Medio Oriente, el caso Demajajuk, su interés, su complejidad, sus idas y vueltas, no son ajenas al contexto de la guerra fría primero y a la desaparición del mundo bipolar a partir de 1990, año en que la caída del muro de Berlín permite acceder a archivos secretos antes difíciles de consultar.

Demjanjuk era, para los ucranianos residentes en los Estados Unidos, uno de su tribu. Para evitar que sobre esa comunidad cayera un manto de sospecha acerca de su colaboración o participación activa en las atrocidades cometidas, trabajaron tenazmente juntando fondos para su defensa. Para la administración norteamericana, aceptar que Demjanjuk era en verdad Iván el Terrible, implicaba reconocer una política de fronteras lábiles que permitió  el ingreso de ex jerarcas y criminales nazis en los años posteriores al fin de la guerra con el objetivo de enriquecer su campo científico tecnológico. Por su parte Israel jugaba su credibilidad jurídica frente a los ojos del mundo. Más allá de la importancia de reeditar un juicio espectacular como el realizado en 1961 contra Adolf Eichmann, la identificación de un criminal oculto y su elevación a juicio significaba una revalidación de sus fueros como  custodio de la memoria de la Shoá, no solo frente a Occidente sino fundamentalmente para  una ciudadanía como la israelí, altamente sensible a estos temas, ávida de información y atenta al compromiso en cada una de las instancias del juicio.

3.

Pero, ¿es Demjanjuk Ivan el Terrible, aquel que con 20 años de edad se paraba a la entrada de la cámara de gas en Treblinka azuzando a los prisioneros y gozando perversamente con verlos sufrir? Los sobrevivientes  dicen que sí, asegurando que el hombre que los mira detrás de sus anteojos con expresión campechana y que está sentado en el banquillo de los acusados es el mismo que ellos vieron en Treblinka, que sus rasgos responden a la memoria que ellos tienen de sus facciones, que su mirada es la mirada que no podrán olvidar jamás. Frente a Demjanjuk, que los escucha y observa, los testigos lloran, se encolerizan, colapsan emocionalmente,  acusándolo de ser el responsable de los calvarios durante su paso por Treblinka. En los intermedios de sus presentaciones, la defensa despliega un dispositivo probatorio con en el que trata de desmontar cada una de esas acusaciones mediante documentos que van exhumando de los archivos que aparecen en Alemania, Estados Unidos y la ex Unión Soviética.

"El Diablo de al lado", imagen de presentación, Netflix (2019)

«El Diablo de al lado», imagen de presentación, Netflix (2019)

Demjanjuk tiene todos los rasgos que los sobrevivientes aseguran reconocer en el verdugo de Treblinka, y enuncian esto sin hesitación alguna, como si al verlo en este presente lo estuvieran viendo actuar en el pasado. La defensa, por su parte, responde a estas afirmaciones, intentando demostrar que Demjanjuk nunca estuvo en Treblinka. Ese es el punto nodal de la defensa, no que Demjanjuk no haya tenido participación primaria o secundaria en el exterminio masivo de judíos, sino que nunca estuvo, como lo aseguran los testigos, en Treblinka. Si Demjanjuk nunca estuvo en Treblinka, entonces no es Ivan el Terrible, porque Ivan el Terrible es sinónimo de Treblinka, de ningún otro campo.

Finalmente, en 1988,  el Tribunal israelí condena a muerte por ahorcamiento a Demjanjuk frente a un auditorio que celebra el dictamen. Los sobrevivientes entonces se sienten reivindicados.  Pero la defensa de Demjanjuk apela y a partir de ese momento se abre un impasse de cinco años, hasta que en 1993, los cinco jueces de la Corte Suprema de Israel revocan por unanimidad la pena de muerte dictada en 1988, declarando su absolución al concederle el beneficio de la duda ante la aparición de nuevas  pruebas documentales de archivos soviéticos, algo que es vivido como una derrota estatal y una estocada de muerte a la credibilidad del conjunto de sobrevivientes. Estos acusan al Estado de Israel de ser cómplice de los perpetradores y de contribuir con ese dictamen a favorecer la impunidad de los crímenes del nazismo. El grito de  traidores!, condensa sus sentimientos.

La historia tiene muchísimos pliegues. A lo largo del juicio, Demjanjuk oculta información, calla cuando se le preguntan aspectos de su pasado, oculta momentos de su vida  de antes y después de la guerra, se escuda muchas veces en la amnesia y no solo reafirma una y otra vez su inocencia sino que además se permite expresar su profundo dolor por el sufrimiento padecido por el pueblo judío, solidarizándose con sus víctimas por los atropellos sufridos en el pasado. Su absolución, que es un triunfo para él, su familia y la comunidad ucraniana que siente de ese modo reivindicado “su buen nombre”, se transforma, de manera inversa,  en una derrota moral para la causa de los sobrevivientes.

Demjanjuk entonces es liberado y regresa a su casa en Cleveland. Pero en 2008, es nuevamente llamado a testificar, esta vez en Alemania. La desclasificación de nuevos documentos lo ubica ahora como partícipe necesario en el asesinato de miles de prisioneros en el campo de Sobibor también ubicado en territorio polaco. Ya no hay dudas de que ha cumplido un rol activo en la gran masacre. Demjanjuk muere a los 92 años sin alcanzar a escuchar el veredicto de ese tribunal alemán que se enuncia casi setenta años después de finalizada la guerra y casi quince años después de su absolución en Jerusalem.

4.

El tema central del caso Demjanjuk es, más allá de la estrategia utilizada por la mayoría  de los perpetradores para disimular el rastro de sus crímenes, el cuestionamiento del carácter inapelable  del testimonio de las víctimas. Todo el affair Demjanjuk está sostenido sobre prueba documental que constantemente exige ser verificada, pero fundamentalmente sobre la voz de sobrevivientes que, más allá de la afectación padecida por el trauma del exterminio, son personas de edad muy avanzada en las que el recuerdo y la razón vacilan.

Si el juicio a Eichmann se había logrado efectuar a menos de veinte años de terminada la guerra y con un acusado sobre el que no cabía ninguna sospecha acerca de su identidad, el de Demjanjuk se realiza a una distancia temporal amenazada por la implacable fuerza con la que el tiempo/olvido erosiona y confunde el recuerdo de las personas, en un territorio, el del Estado de Israel, al que podríamos calificar como poco neutral, donde la presión ejercida por las instituciones estatales, las organizaciones de la sociedad civil, los medios de comunicación y una población altamente sensible al tema no es un dato menor a considerar.[1]

5.

El affair Demjanjuk, no es un caso más en el conjunto de juicios llevados adelante contra responsables de crímenes de lesa humanidad a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Merece mucho más que una atención pasajera por las inmensas advertencias y lecciones que pueden extraerse. Gitta Sereny, la periodista e investigadora austríaca conocida por su monumental entrevista a Albert Speer, fue una de las personas que detuvo su atención en este caso.

En uno de los capítulos de su libro El trauma alemán, la autora,  luego de narrar la sinuosa vida de Demjanjuk, los pormenores del  juicio celebrado en Jerusalem y el fracaso de la demanda elevada por los sobrevivientes, se atreve a escribir una advertencia que debiera tenerse en cuenta: “Fueran cuales fuesen los crímenes  de los cuales Demjanjuk pudiera ser culpable, no se trataba de Iván el Terrible. Asimismo parece obvio que, por muy admirable que fuera el comportamiento del pueblo israelí a lo largo de todo el proceso, Demjanjuk no debería haber sido juzgado allí. Es esta una lección para todos nosotros, de incalculable valor para el futuro: nadie que haya sido acusado por crímenes de guerra o de lesa humanidad, bajo ningún concepto, debería ser juzgado por sus víctimas (…) A las víctimas de semejantes crímenes, o posteriormente a sus familiares, les resulta imposible ser objetivos. (…) Aunque los crímenes nazis son y deben seguir siendo parte de la historia, se debe poner fin de una vez por todas a este tipo de procesos judiciales. Los presuntos criminales, los supervivientes y los testigos son ya demasiado ancianos, hombres y mujeres octogenarios; la memoria empieza a flaquear y las pruebas no son fiables. Las acciones judiciales no son seguras. Los supervivientes de este terrible período llevan grabado en su alma un dolor que ninguno de nosotros puede imaginar; tanto ellos como sus hijos, que inevitablemente se han visto obligados a compartir ese sufrimiento, tienen derecho a liberarse de él, a descansar”.

Muchos quisieron leer en la opinión de Sereny una propuesta que habilitaba el camino para la impunidad de esta clase de crímenes, pero nada en su  biografía personal permite desprender esa idea. Con su argumentación, Sereny apunta al corazón mismo del fracaso del caso Demjanjuk, por  la obstinación en querer extraer verdad y certezas allí donde se hace difícil encontrarlas. No solo porque nos interpela sobre la objetividad de esta clase de tribunales, sino porque propone abrir el debate sobre la sacralidad de los testimonios de las víctimas que, muchas veces, por no enfrentar la corrección política del momento, se termina consagrando a riesgo de cometer injusticias.

Si bien Gitta Sereny escribió su texto antes de que se conociera la condena del tribunal alemán, que sí lo encontró responsable en 2011 de otros crímenes cometidos en otro lugar,  sobre otras víctimas, nada desmerece escuchar su opinión para reflexionar sobre situaciones judiciales que tienen como fuente de acusación a testigos ya demasiado mayores  o que se celebran en entornos sociales y políticos en los que la imparcialidad de los tribunales es, por lo menos, dudosa.

El comprensible rechazo que nos causan los verdugos no debiera anteponerse al necesario e infatigable trabajo que implica la búsqueda de verdad. Sus actos pueden ser o parecernos atroces; sus versiones sobre los hechos, siempre dudosas; sus justificaciones y artilugios para escamotear su responsabilidad, despreciables;  su bondad y amabilidad ante los Tribunales, un gran trabajo de montaje; y su ampararse en el refugio de la amnesia, algo repudiable. Pero así y todo, la verdad debiera ser, en primer y último lugar, la meta primera de nuestro reclamo. Una verdad orientada a esclarecer el pasado con la mayor exhaustividad posible, alejada al extremo de cualquier emotividad que nos impulse a confundir los hechos con nuestras ideas o sentimientos acerca de esos hechos.

Demjanjuk tenía,  en apariencia, todos los atributos para ser identificado como Iván el terrible, pero no lo era. Era sí un criminal, pero otro.

“La memoria puede ser un impulso moral de la historia y también una de sus fuentes pero estos dos rasgos no soportan el reclamo de una verdad más indiscutible que las verdades que es posible construir con y desde otros discursos”, dice Beatriz Sarlo. 

Acaso por eso y por muchas razones más, el caso Ivan Demjanjuk exhibe los límites de una fiabilidad absoluta en el testimonio. Su puesta en cuestión, debe ser observada atentamente si de verdad queremos ser dignos protagonistas del reclamo de verdad y justicia para todas y cada una de las víctimas que dejaron nuestros derrumbes.


[1] Vale recordar que en relación al juicio a Eichmann, el tema de qué clase de tribunal debía juzgar sus crímenes estuvo en el centro de la discusión: tanto Karl Jasper como Hanna Arendt habían coincidido en la idea de que el acusado debía ser juzgado por un Tribunal Internacional y no por un tribunal judío.