Días atrás, un avión chileno que intentaba aterrizar en una de las islas del archipiélago Juan Fernández cayó al mar con sus pasajeros. Los vientos furiosos que azotan esa zona fueron los que impidieron las maniobras de aterrizaje y arrojaron la nave al océano. Todas las crónicas periodísticas recordaron que una de esas islas sirvió de escenario para que Daniel Defoe escribiera Robinson Crusoe, una novela publicada en 1719 que ha sido leída a lo largo de casi tres siglos. También reseñaron que por esos sitios había andado el navegante inglés James Cook. Sin embargo, no se recordó que una de esas islas tiene la impronta de un personaje mucho más destacado de todos los que pasaron por allí, y el término impronta no podría ser más preciso: en algún sitio, esculpido en la roca, escondido en la montaña ad perpetuam rei memoriam, hay tres apellidos: dos de ellos carecen de importancia…
El tercero es Sarmiento.
En 1845, Domingo Faustino Sarmiento descendió en la isla Mas-a-fuera durante una noche en la que el mismo viento que derribó al avión encrespaba en aquel entonces las olas que amenazaban estrellar el bote contra la muralla de piedra. Habían remado durante 8 horas desde el buque Enriqueta, hasta llegar a la isla. Portaban un par de pistolas, un fusil y una carabina. Todos preparados para lo que hiciera falta luego de haber visto, desde el mar, una fogata que daba cuenta de que había habitantes en un sitio que se suponía desierto. Podían ser náufragos, podían ser bandoleros. El relato de la aventura está escrito por Sarmiento en Montevideo el 14 de diciembre de ese año, dirigido a Demetrio Peña, y es una magnífica pieza literaria.
El buque a vela había partido desde Valparaíso y se dirigía a Montevideo, uniendo el océano Pacífico con el Atlántico. Para ello debía sortear el Cabo de Hornos, siempre temido por los marinos debido a las traicioneras tempestades que acosaban los frágiles barcos de la época. Sarmiento relata el fastidio de todos los tripulantes por el capricho de los vientos que los desviaban de la ruta establecida o los dejaban inmóviles en el mar, con las velas mustias. Al cabo de cuarenta días (…) éramos todos unos corderos en resignación; y el viento, por contrario que nos fuese, soplaba según su voluntad soberana sin recoger de paso vanas e impotentes maldiciones.
El escritor añora los buques a vapor europeos pero aprovecha el tiempo para deleitase en describir el paisaje, las toninas que los acompañan, el vuelo majestuoso del pájaro-carnero, las cuatro enormes ballenas, vapores vivos con sus columnas de agua, y también el trágico episodio que influirá en su estado de ánimo y que se produce en medio de una borrasca, cuando uno de los marineros cae al agua y, a pesar de las maniobras para intentar rescatarlo, el negro e insondable abismo reclamó su presa (…) y el hombre se sumergió para siempre.
Si hubiera que ubicar el relato dentro de algún género literario no habría dudas de que se trata de un policial formidablemente escrito, un cuento creado con un estilo cuidado, preciso y moderno. Aunque es apenas una carta dirigida a un amigo, allí se advierte el talento que ese mismo año volcaría en el Facundo. La narración delata a otro Sarmiento, el aventurero. No es el intelectual, no es el político ni el estadista, es el aventurero que se lanza a desembarcar durante la noche en una isla desconocida del océano Pacífico. Y que vuelca en el papel una prosa tan rica que da cuenta de todas las facetas de este hombre.
De este placer gozaba a mis anchas todos los días, y aun con más viveza en aquellos mares en que las olas son montañas que se derrumban por momentos, disolviéndose con estrépito aterrante en una cosa como polvo de agua, dice al describir el océano mientras camina por las noches sobre la cubierta del barco.
El mar ejerce un efecto hipnótico sobre Sarmiento, lo domina, lo aletarga a tal extremo que puede permanecer horas enteras, inmóvil, los ojos fijos en un punto, sin mirar, sin pensar, sin sentir, especie de embrutecimiento y paralización de todas las facultades y sin embargo, lleno de atractivo y belleza.
Pero el episodio del marinero perdido trastorna el placer que le brindaba: el silbido plañidero del viento perdió para mí toda su misteriosa melodía, porque me parecía que había de traer a mis oídos (…) gemidos confusos y lejos, como llantos de hombre, como grito de socorro, como súplica de desvalido, y el corazón se me oprimía.
El viaje prosigue hasta que la calma del viento obliga al capitán del barco a permanecer durante cuatro días alrededor de las islas de Juan Fernández. Cansados de tenerla a la vista deciden bajar, el 4 de noviembre, para cazar algunos cerdos salvajes; pero por un error de cálculo el bote que los acercará queda demasiado lejos y son necesarias 8 horas de remo para arrimarse a Mas-a-afuera. Cae la noche y todavía no logran llegar a la isla, hecho que pone en peligro el desembarco porque no hay playa sino murallones de roca donde se estrellas las olas.
Desde el bote ven la luz de un fuego que rápidamente se apaga. La situación se hacía crítica y alarmante, pues la noche avanzaba, estábamos a muchas millas de distancia y no sabíamos a qué punto dirigirnos. Para prepararnos a todo evento, y haciendo rumbo al lugar mismo donde la luz había sido vista, procedimos a cargar a bala un par de pistolas (…) un fusil y una carabina (…) Con esto y un trago de ron distribuido a los marineros nos creímos en estado de acometer dignamente aquella descomunal aventura.
Los cuatro hombres que habitaban la isla los recibieron amistosamente y Sarmiento describe cómo viven, sus hábitos y comidas. También recuerda que allí fue arrojado el marinero Selkirk, que dio origen al Robinson Crusoe de Daniel Defoe.
Sarmiento no oculta un fugaz sentimiento de envidia hacia los solitarios habitantes, libres de toda zozobra, fuera de las contrariedades de la vida civilizada y se pregunta ¿quién no ha suspirado una vez en la vida por una isla como la de Robinson donde quedarse quieto y tranquilo el resto de sus días? Pero inmediatamente se recompone y reflexiona sobre la condición humana: se nos secaría una parte del alma (…) si no tuviésemos sobre quienes ejercitar la envida, los celos, la ambición, la codicia, y tanta otra pasión eminentemente social, que con apariencia de egoísta, ha puesto Dios en nuestros corazones.
La carta relata que esos hombres solitarios llevaban la cuenta precisa de los días, semanas, mes y año en que vivían. Este descubrimiento sirve para que Sarmiento se burle de los cuyanos y afirme que los isleños son más inteligentes que nuestros compatriotas de San Luis (…) los cuales llevaban errada la cuenta de los días de la semana, hasta que al arribo de unos pasajeros (…) pudo averiguarse que desde un año atrás estaban ayunando los jueves, oyendo misa el sábado y trabajando el domingo.
La descripción del autor sobre el paisaje de esa isla, cuando al día siguiente todos salen de caza, posee una riqueza de lenguaje y una minuciosidad tan precisa que el lector parece caminar entre la espesura de árboles y matorrales, abismos profundos y sinuosidades de las montañas. El día de caza termina durante el atardecer y llega la hora de la cena; es conocida la sensualidad de Sarmiento hacia los placeres de la vida: las mujeres, las comidas, las bebidas. Aquí no hay mujeres, pero eso no importa; la comida suple todo:
Al llegar a la cabaña los insulares habían apurado los recursos de la ciencia culinaria para desarmar el apetito desplegado por tan extraordinario ejercicio. Era aquello una escena de hotentotes, de caníbales, que por vergüenza de mí y de mis compañeros, no describo.
Sarmiento no puede evitar sus ironías sobre la civilización que él ha pregonado pero que a la vez le predispone al humor. A propósito de la necesidad de comunicarse de uno de los isleños, dice que los aquejaba la necesidad de hablar, la primera necesidad del hombre, y para cuyo desahogo y satisfacción se ha introducido el sistema parlamentario con dos cámaras, y comisiones especiales, etc., etc. Williams, a falta de tribuna y auditores, se apoderó de nosotros y se lo habló todo, no diré ya con la locuacidad voluble de una mujer (…) sino más bien con la petulancia de un peluquero francés…
A la hora de partir, el más joven de los isleños decide abandonar esa existencia de eremita y acompañarlos para reintegrarse a la civilización. Los tres restantes no quieren -o no pueden, vaya a saber por qué-, y desde la orilla rocosa saludan a los visitantes que se alejan en el bote rumbo a la nave.
Pero antes han aceptado un compromiso: grabar al pie de una roca los apellidos de tres de los viajeros:
Huelin
Solares
Sarmiento
1845
No hay indicios de que hayan cumplido su promesa. Pero si lo hicieron, en alguna piedra de la isla Mas-a-fuera, hoy llamada Alejandro Selkirk, está esculpido el nombre de un intelectual, un escritor apasionado, también un inquieto trotamundos que, 23 años más tarde sería Presidente de la Nación Argentina
Revista Ñ / 29 de setiembre de 2011

Comments are closed.