Anima vagula blandula

Quae nunc abibis in loca?

 

 (Alma errante y encantadora

¿A qué lugar irás ahora?)

                                     Adriano

En 2024, Sergio Bufano publicó uno de sus libros más singulares, La balada de los muertos, una obra que, abrevando en la tradición literaria forjada por el estadounidense Edgar Lee Masters en su Antología del Spoon River, lograba traer al presente las voces de tantos compañeros o conocidos suyos a los que la violencia de los años setenta se había devorado.

Es un libro particularmente significativo porque la obra de Bufano había transitado sobre todo el ensayo, la investigación, el periodismo y la narrativa; la poesía, en cambio, había permanecido como una zona mucho menos visible de su escritura. Pero lo cierto es que, aunque no muchos lo supieran, la poesía formaba parte de su vida casi con la misma intensidad que la ficción literaria.

Era un lector apasionado de Stefan Zweig, Tolstoi y Dostoievski, pero también de autores contemporáneos como Carrère. La historia del devenir sangriento de la Revolución rusa y, en especial, el destino que esa revolución reservó a los escritores insumisos concitaban en él una atención singular.

Podríamos decir que nada de lo escrito le era ajeno o, mejor aún, que toda escritura despertaba en él una poderosa curiosidad, la misma que hasta el final de sus días lo llevaba a disfrutar de la lectura de los diarios impresos, que al abrirlos le devolvían ese olor tan particular de la tinta, aroma con el que generaciones enteras de lectores y editores han convivido.

Y es que Sergio fue no solo un gran lector, sino también un apasionado impulsor de proyectos editoriales, especialmente de aquellos que encontraban su fuerza en el trabajo colectivo. Controversia en México, durante los años del exilio; La Ciudad Futura en la Argentina; y también Lucha Armada, una de las experiencias editoriales más importantes del país destinada a exhumar documentos y someter a revisión crítica lo que había significado la violencia revolucionaria.

De cada uno de esos proyectos editoriales fuimos muchos los que nos nutrimos, los que abrevamos en ese esfuerzo por impedir que el pasado fuera devorado por el olvido, pero también que quedara atrapado o cristalizado por las ceremonias y los rituales de la memoria.

Si durante los años de militancia el género policial había sido su lectura favorita —“no había tiempo mental para dedicarle a lecturas más sesudas”, confesaba tantas veces—, todos los demás géneros vendrían después con Flaubert y Balzac, Sarmiento, Walsh y Martínez Estrada: autores que lo ayudaban a intentar comprender cómo había llegado a ser quien era.

¿Cómo había llegado hasta allí aquel niño sobreviviente de los escombros del terremoto de San Juan? ¿Cómo fue que aquel joven, que estuvo dispuesto a matar, que vio caer compañeros, que escapó de una sala de torturas y renació, casi milagrosamente, en el exilio, logró convertirse en ese hombre que, en el amanecer democrático de 1983, formaba parte del círculo próximo a Raúl Alfonsín, un presidente que encarnaba ahora un proyecto republicano y humanista y que, apenas una década antes, habría sido visto por él y por sus compañeros de militancia como un mero burgués reformista?

El medio siglo que va desde su huida del centro de torturas de calle Franklin hasta el presente estuvo dedicado, en buena medida, a entender el milagro y el misterio de estar vivo, pero también a preguntarse por las razones que alguna vez lo habían llevado a poner en riesgo su propia vida o a justificar que la vida de otros pudiera ser arrebatada si la causa era considerada justa. Cincuenta años no para justificarse, sino para tratar de entender cómo había llegado hasta donde ahora estaba.

Sergio llegó hasta el borde mismo desde el que, para decirlo con Primo Levi, otros ya no regresaron. La muerte estuvo siempre cerca de él: desde su nacimiento entre los escombros de San Juan, pasando por el asesinato de su hermano Miguel Angel, hasta aquellos años en que jugaba a huirle, revólver en mano, en las esquinas de Buenos Aires.

Poco tiempo antes de morir había dado testimonio en el film documental No matar, de Juan Villegas. Allí, el relato de su vida establecía un contrapunto con el de hijos de personas asesinadas por la guerrilla, y su voz intentaba, como ya lo había hecho tantas veces, establecer un puente sensible con aquellos cuyo dolor había encontrado durante mucho tiempo escaso o nulo reconocimiento en las narraciones públicas sobre los años setenta.

A pesar de que lo que allí decía no difería sustancialmente de lo que había expresado tantas veces antes, Sergio sabía que su visión de aquellos años generaría críticas. Y así ocurrió. Y aunque tristemente muchas de ellas adoptaron la forma del agravio, supo soportarlo con dignidad.

Como diría Borges, Sergio hacía de la amistad, un culto. Fue entre amigos que fraguó la mayoría de sus proyectos editoriales. Conversaba en silencio con quienes ya “se le habían adelantado”, como Oscar Terán o el Toto Schmucler ; y siempre, absolutamente siempre, con los vivos, con quienes le gustaba sostener el ritual de los encuentros.

En 2016, cuando se cumplió un aniversario de la salida del primer número de Controversia, en el Gino Germani compartió una mesa con Emilio de Ipola, a quien admiraba tanto por su inteligencia como por su fina ironía. Juntos recordaron los días del exilio mexicano, el nacimiento de esa publicación, los desafíos que supuso abordar algunos temas. Al volver a escuchar ese testimonio es inevitable sentir de qué modo vil la audacia de ese pensamiento fue menospreciada por tantos que, en las primeras décadas de nuestro siglo, pretendieron erigirse en los auténticos intérpretes de las luchas del pasado.

Cuando su salud ya estaba débil, una noche tuvo un sueño. Llegaba al cielo y se encontraba con Portantiero. Al verlo llegar, su amigo le preguntaba qué hacía allí. Sergio no podía responderle. Entonces Portantiero lo abrazaba y, con una palmada al hombro, lo devolvía a la tierra, a seguir viviendo. Contaba ese sueño con alegría porque encontraba en él, de un modo entre risueño y esperanzado, la confirmación de que aún faltaba tiempo para que llegara su hora.

Salvo los años del exilio mexicano, y algunas errancias como militante revolucionario por diversas ciudades de América latina,  Sergio vivió la mayor parte de su vida en Buenos Aires y, a partir de los años ochenta, junto a su segunda pareja, Lucrecia Teixidó, con quien no solo escribió Perón y la Triple A, un ensayo de investigación fundamental sobre la violencia política de los años setenta, sino con quien además construyó un vínculo afectivo sostenido en el placer de compartir lecturas, viajes, cine y visiones del mundo. En definitiva, el sabio arte de disfrutar la vida.

Para Sergio Bufano, su casa de Virrey Liniers era, como para Ulises, su Ítaca, un lugar habitado por un amor que él cuidaba cada día, desde el amanecer hasta la llegada de la noche, como si se tratara del más delicado de los cristales.

Fue en ese mismo lugar, cuando sintió que daba el último aleteo de pájaro herido, que llamó, con la misma entereza de siempre, a la muerte, y mirándola de frente a los ojos, sin temor alguno, como si se tratara de una vieja conocida, le dijo: “Ya está, me escapé de vos tantas veces, ahora sí podés llevarme”.

Y así se fue de este mundo, con los ojos abiertos y con la misma entereza y dignidad con la que vivió cada uno de los días de su vida.