…el polaco disparaba porque era la Contrarrevolución. Ustedes disparaban porque son la Revolución. Pero revolución es satisfacción. Y la satisfacción no gusta de ver huérfanos en la casa. El hombre bueno hace buenas obras. La Revolución es la buena obra de las buenas personas. Pero las buenas personas no matan. De donde resulta que la Revolución la hacen las malas personas. Sin embargo, también los polacos son malas personas. ¿Quién le dirá a Guedali dónde está la Revolución y dónde la Contrarrevolución? (Isaak Bábel, Caballería Roja, 1972. RBA Editores)

 

En julio de 1918, en Rusia, en el febril inicio del proyecto revolucionario, toda la familia Romanov fue asesinada. Nicolás II y su esposa, los cinco hijos, el médico del hogar y los criados cayeron bajo las balas. Cuatro de los hijos eran mujeres: Tatiana, Anastasia, María y Olga, todas ellas fijadas al papel mediante una fotografía tomada en San Petersburgo en 1906. Cómo hicieron los soldados rojos para disparar sobre ellas sin rebelarse ante sus jefes es una pregunta que nadie que mire la fotografía podrá dejar de formularse. Sus cuerpos fueron desaparecidos durante 70 años.

En mayo de 1934 el poeta Osip Mandelstam recibió la visita de varios agentes que durante muchas horas registraron su casa para llevarlo finalmente a la cárcel. Dos años más tarde, posiblemente en diciembre de 1936, mientras caminaba hacia la barraca del campo de concentración en medio de una tormenta de nieve, se derrumbó sin vida. Su cuerpo, arrojado en una fosa común, nunca fue hallado.

Su delito fue escribir un poema contra Stalin y leerlo en voz alta en el círculo de sus amistades. Si buscaba la muerte, como Marina Svetaieva, Sergei Esenin o Vladimir Maikovsky, la encontró con el peor de los rostros: dos años de torturas, dolor y miserias, antes del final.

La revolución de 1917, un acontecimiento que transformó la historia de todos los países del mundo, directa o indirectamente, y modificó vida y costumbres de millones de personas que creyeron en ella con un fervor pocas veces visto, o la repudiaron con la misma intensidad, tenía los pies manchados de sangre. El acto fundacional de una revolución que también trastocó la vida de otros millones que murieron sin enterarse siquiera de que se había producido, fue matar a una familia. Y más tarde, a todos los poetas.

Tres meses después de la detención de Mandelstam, el 17 de agosto de 1934, durante el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, Máximo Gorki mostraba al mundo la dirección que había tomado aquella aventura inicialmente revolucionaria: definía a Oscar Wilde como uno más entre los «muchos otros degenerados sociales creados por la influencia anarquista de las condiciones inhumanas en el estado capitalista”.

Gorki sabía que Mandelstam, reconocido poeta, había sido detenido y que su futuro sería trágico. Sabía, también, que el hijo de la escritora Anna Ajmátova estaba encarcelado y era el rehén que garantizaba la pureza de la poesía de su madre. No ignoraba que su amigo Nikolai Gumiliov, de la corriente acmeista, había sido fusilado varios años antes. Conocía, además, el destierro a Siberia y el fusilamiento del poeta Nicolai Kliuiev.

Pero insistía. «Hay que exterminar al enemigo sin cuartel ni piedad, sin prestar la menor atención a los gemidos y suspiros de los humanistas profesionales», declaró a Pravda, resuelto ya a autorizar  -con el peso que su voz tenía en la sociedad soviética-  la masacre de poetas,  intelectuales, políticos y tantos otros hombres y mujeres que habían abrazado las ideas de libertad e igualdad.

Y sin piedad continuó. En los siguientes años fueron fusilados o murieron en campos de concentración los escritores Isaak Babel, Pavel Florensky, Boris Guber, Ivan Kataiev, Serguei Klichkov, Vsievolod Meyerhold, Salomón Mijoels, Vladimir Narbut, Boris Pilniak, Ivan Pribludini, Stienish, Artiom Vesioli, Olieg Volkov (preso durante 30 años), Aleksandr Voronski, Nikolai Zabolotski (preso hasta 1946) y Nikolai Zarudin. Los suicidios de Maiacovski, Esenin y, posteriormente, de Tsvetaieva no serán contabilizados en su haber. Después de todo, actuaron por mano propia.

Stalin fue la mano ejecutora de quienes concibieron el proceso revolucionario destinado a crear un universo formidable, como una máquina que debía derribar toda la historia a su paso, incluyendo a intelectuales, poetas, directores de teatro, novelistas y pintores que adherían al establecimiento de ese nuevo mundo, pero lo hacían desde un espíritu que ni Lenin ni Trotzky –y por supuesto mucho menos Stalin- podían siquiera imaginar.

“Esta mujer está enferma,

Esta mujer está sola.

Su marido está en la tumba, su hijo, en la cárcel.

Rogad por mí,

…dice Anna Ajmátova al describir la Revolución. Años de oscuridad sufridos en la fila de mujeres frente a la cárcel de la Lubianka para llevar alimento a su hijo detenido para que su madre no escriba nada que “amenace llevar elementos de descomposición al ambiente revolucionario”.

“Fumando mazorca,

escupiendo, vivo.

por este camino

Directa: ¡Al hoyo!”

… dice Svetáieva. Su marido había sido condenado a muerte y fusilado, su hija pasaría 17 años en un campo de concentración. Su media hermana estaba en la cárcel y ella sola, abandonada por sus amigos que temían darle abrigo por las represalias que eso pudiera ocasionarles. La decisión fue sencilla: ahorcarse en un patio sin luz durante una noche sin luna.

La semilla de la destrucción de la cultura rusa germinó apenas tomado el poder. Stalin sólo fue el brazo que abrió el candado de la matanza. Entre 1917 y 1934 la intelligentsia rusa fue desmembrada, perseguida y ahogada en un mar que prometía un futuro venturoso.

La Revolución se convirtió en el altar pagano que reclamaba sacrificios como única garantía para un futuro esplendoroso. Y junto a las tumbas de sus víctimas enterró una de las más emocionantes aventuras de la Humanidad: la construcción de un mundo feliz.

La calle Kameni-Ostrovsky Prospekt, en la ciudad de San Petersburgo, evocada en la melancólica escritura de Mandelstam, ya había cambiado de nombre: ahora se llamaba Aurora Roja.

El interrogante que todavía hoy despierta controversias es ¿cuándo se inició todo esto? ¿Fue la desviación stalinista la que torció el curso de la historia? La familia Romanov fue eliminada cuando los principales dirigentes eran Lenin y Trotzky. No hay dudas acerca de quiénes dieron la orden de matarlos. En el sótano gris de la antigua casona perdida en un bosque de los Urales, cerca de Ekaterimburgo, durante una madrugada en que el deber bolchevique seguramente congelaba el pudor, murieron ametrallados por soldados del Ejército Rojo.

Pero no sólo eran los representantes del viejo régimen los que debían ser silenciados. La orden incluía también a aquellos artistas con voces poco obedientes. Trotzky había despreciado a Ajmátova y Tsvetáieva adjudicándoles un dios “especialista en enfermedades de señoras”, mofándose de “estos libros de poesía, sobre todo los escritos por mujeres”.

Al humor ácido, el jefe del Ejército Rojo agregaba la amenaza directa y establecía las reglas que más tarde aplicaría Stalin: “Si la revolución está autorizada a destruir […] puentes y monumentos artísticos, se comprende que no vacilará en poner su mano sobre cualquier tendencia artística que, no importa sus méritos intrínsecos, amenace llevar elementos de descomposición al ambiente revolucionario.” (Literatura y revolución, 1923)

¿Cuáles son los hilos conductores que unen los rostros de ese matrimonio real y sus cinco hijos, con un poeta que también morirá, casi dos décadas más tarde? En primer lugar, su condición de desaparecidos, que compartieron durante 70 años y que en el caso de Mandelstam todavía persiste. Los une, también, la destrucción del mito de la Revolución Traicionada; si Stalin se sintió capaz de enviar a la muerte a un hombre porque le disgustó su poema, fue porque la vieja guardia bolchevique, aquellos intocables héroes de la primera revolución socialista del mundo, habían mandado a matar a toda una familia como si sus miembros fueran el terrible peligro que amenazaba a los nacientes soviets.

¿Será demasiado aventurado suponer que el asesinato de los Romanov fue el episodio que desató la matanza que se sucedería después? Difícilmente podía crearse una moral solidaria cuando en el acto fundacional se habían roto los límites morales con un crimen de esa magnitud.

Hoy, en la capilla adjunta a la catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, los visitantes pueden ver a muchos hombres y mujeres que se inclinan respetuosos ante la tumba de los Romanov. También hoy, en los círculos literarios, en las Universidades del mundo, se leen y se admiran los poemas de Osip Mandelstam. En cambio, paradójicamente, los gigantescos monumentos de la Revolución, fabricados en granito y acero para resistir hasta tiempos inmemoriales de la historia, se oxidan bajo la nieve o bajo el sol en los cementerios de estatuas de Moscú y de Budapest.

¿Quién le responderá a Guedali, el personaje de Caballería roja, dónde está la revolución y dónde la contrarrevolución? Su autor, el comunista Isaak Babel, encontró su propia respuesta el 27 de enero de 1940, cuando fue llevado ante el pelotón de fusilamiento que acabó con su vida.

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Diario Perfil, 21 de febrero de 2010.