Sergio Bufano fue un protagonista muy activo en la vida política e intelectual argentina de los últimos cincuenta años. Pero sobre todo fue un testigo muy lúcido y comprometido de la experiencia la lucha revolucionaria de los setenta. Integró un grupo armado, las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), una de las primeras organizaciones guerrilleras de la izquierda marxista del país, fue detenido en 1976 y logró escapar de la tortura y la muerte que sufrieron muchos de sus camaradas. En el exilio, en México, formó parte del círculo de la revista Controversia, un colectivo intelectual y político, que no renunciaba a la identidad socialista, dispuesto a ir más allá de la denuncia de los crímenes de la dictadura para iniciar un trabajo de revisión crítica del proyecto y la acción de la insurgencia revolucionaria. Integró la Mesa Socialista”, junto con José Aricó, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán, Jorge Tula, y otros. El exilio se convertía en un espacio de solidaridad e intercambios, encuentros y debates, que buscaban dar sentido a lo que definían claramente como una derrota de los proyectos de las izquierdas revolucionarias. La revista, que no ocultaba las discusiones internas, generó polémicas bastante enconadas a partir, sobre todo, de dos cuestiones.
Por un lado, asumir la derrota era la primera condición que diferenciaba tajantemente al círculo socialista de otros núcleos del exilio, montoneros sobre todo, que no renunciaban a continuar la lucha armada. Al mismo tiempo, el trabajo de las ideas iba más allá de la “autocritica” (un género establecido y bastante trillado en las tradiciones de la izquierda) en la medida en que la revisión del pasado se convertía en el fundamento de un nuevo pensamiento sobre la democracia, la idea fuerza, la utopía si se quiere, que condensaba las promesas de una transformación de la sociedad y la política que dejara atrás las formas de la guerra. Y el principio de los derechos humanos, en una comunidad de ciudadanos, se convertía en el fundamento de un proyecto de una nueva sociedad y un nuevo régimen.
Ese proyecto se continuó en Buenos Aires, con la participación de otros núcleos de la disidencia y la resistencia a la dictadura, con la creación del Club de Cultura Socialista y La Ciudad Futura, iniciativas en las que Bufano participó activamente. El nuevo colectivo se proponía una profunda renovación de la cultura de izquierda, y del socialismo en particular, lo que exigía una revisión crítica de las tradiciones del pasado que eran incompatibles con los objetivos y las promesas del ciclo democrático que debía arraigarse en la sociedad, en el Estado y las instituciones. La voluntad de intervención en el presente obligaba al análisis y la discusión de los problemas que emergían en la escena política, pero también de los espacios de construcción del proyecto socialista democrático en la sociedad y la cultura. Y el compromiso con las apuestas del presente llevó a Sergio, y a otros miembros del Club, a incorporarse al círculo que acompañaba la gestión del Presidente Alfonsín.
Esos diez años, desde la revisión en el exilio hasta la experiencia de trabajo intelectual en el núcleo del alfonsinismo, constituyeron el tiempo de una segunda formación que le permitía volver sobre su experiencia anterior. No repudiaba simplemente aquel fervor revolucionario y la fascinación por la violencia, sino que podía volver sobre ese tiempo, que no era sólo suyo, con otra mirada, alejada en las ideas políticas y el juicio moral y, a la vez, cercana, incluso empática, en el terreno de la experiencia vivida y la aventura compartida.
Contribuyó, como nadie, a convertir el ciclo de la violencia insurgente en la Argentina en un tópico de investigación y debates, a través de la revista Lucha Armada, que fundó en 2004, con Gabriel Rot primero y con Cacho Lotersztain después. Al objetivo de la reconstrucción histórica de la cultura, las formas y las prácticas de las organizaciones político-militares, al rescate documental y los testimonios, agregaba el propósito de generar un espacio abierto de intercambios y polémicas sobre ese pasado que retornaba, entonces como ahora, sobre los conflictos del presente.

Sergio Bufano en el documental «No matar», de Juan Villegas (2026)
Desde los tiempos de Controversia, del Club de Cultura Socialista y el compromiso alfonsinista, incluso en su participación en la Mesa de Discusión sobre Derechos Humanos, Democracia y Sociedad, Sergio no estuvo solo. Y sin embargo, abordar sus escritos desde la distancia final, desde la grieta implacable que impone su muerte, permite reconocer una dimensión personal, solitaria incluso, en los tópicos, las perspectivas y las formas de una obra incomparable. A lo largo de más de cuatro décadas, en esa obra y en los muchos testimonios que dejó, volvía una y otra vez a esa temprana experiencia en la guerrilla que se convirtió en el cimiento de un trabajo del pensamiento y la escritura sobre la política y la violencia.
Un libro de los últimos años, Apuntes de un hereje (2022), vuelve, de un modo muy personal, a ese pasado tan unido a su propia vida. La figura del “hereje” busca dar sentido a la narración de una vida, contada desde las convicciones del presente, en la que la novela política se entreteje con la novela familiar. No hay un foco exclusivo en la militancia en esta “novela de aprendizaje” que, como el David Copperfield de Dickens, comienza con el relato de su propio nacimiento, un comienzo marcado por lo real de la catástrofe y lo irreparable de la pérdida: la muerte de su madre en el terremoto de San Juan. “Nacer con el peronismo” es la otra marca de origen, política en este caso. Y el relato anuda escenas fragmentarias de su vida política con las aventuras personales y los vínculos familiares.
En esta autoficción, la relación con la política toma la forma en la militancia armada. Es posible, entonces, seguir la formación de un revolucionario profesional, algunos operativos, el vértigo de la acción, las armas y los camaradas caídos. Pero en estas memorias de la revolución en acto no hay ejército ni, casi, organización; no hay una causa ni una voz que pretenda hablar por su generación. Juega un poco con su pasado, con humor incluso, en un ejercicio de la asociación libre que concibe como un psicoanálisis personal.
Se puede decir que el que retorna sobre esa existencia plena, sobre las aventuras del coraje y la voluntad que mueve montañas, ya no es el mismo. La posición del “hereje”, no sólo en el título sino en los debates que suscitó, resaltaba al disidente, más aún, al apóstata que renegaba de los dogmas de una religión política que consagraba a la experiencia de lucha armada como una gesta heroica, una pura empresa del bien que borraba la responsabilidad por la sangre y los muertos.
Pero hay algo que ha sido menos reconocido en estos apuntes de una memoria que es personal y a la vez se anuda con la experiencia vivida de una generación: rompe con una representación de esa militancia, establecida por el Nunca más, que ha quedado fijada en la posición de víctimas de los crímenes. Ni héroe ni víctima, esa es la disyuntiva que puede ser tomada como la matriz “herética” de este ejercicio único de una memoria que rompe con los lugares comunes de las narraciones militantes, alejado tanto de las representaciones heroicas y los relatos edificantes como de la simple denigración de las luchas o las autocríticas fáciles que borran los sentidos de ese pasado. Y por supuesto, enfrenta el difícil desafío de desentrañar una época desde la realidad vivida de algunos de sus protagonistas, afrontar un enigma político y moral que involucra un trabajo de la memoria y del pensamiento y que, hay que decirlo, sigue como una empresa abierta.
La evocación de esos años, entonces, que no deja lugar a la nostalgia, puede leerse desde un compromiso fundado en la responsabilidad de la memoria, un ejercicio notable de una rememoración abierta a las sorpresas y las paradojas. No reniega ni cancela ese pasado, se reconoce en ese joven revolucionario que fue, repasa peripecias y vínculos que lo han formado, pero a la vez narra el proceso mismo de convertirse en otro. Renuncia a las certezas, desafía los clisés de las memorias militantes y construye una voz narrativa distanciada, sin estridencias, incluso irónica.

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