El pasado 7 de abril, en el marco de la conmemoración por los 50 años del último golpe militar, el Club Político Argentino realizó un homenaje a su Presidenta honoraria Graciela Fernández Meijide, el cual fue seguido de una conferencia a cargo de la historiadora Hilda Sabato. Bajo el título Lo que vino después: de una dictadura feroz a la democracia que supimos conseguir, Sabato realiza un detallado recorrido por los años que van desde aquel inaugural y esperanzado año 1983, pasando por los años del menemismo, el breve gobierno de la Alianza, las administraciones kirchneristas, hasta llegar a este presente a todas luces inquietante.

La presentación de Hilda Sabato puede ser leída como una invitación a pensar qué fue lo que la sociedad argentina hizo, pudo o logró hacer con su vida político-institucional una vez recobrada la senda democrática. Sin dejar de tener presente la dimensión del inmenso daño ocasionado por la última dictadura a nuestro tejido social, Sabato apuesta a decir que no está allí la razón absoluta de todos nuestros fracasos, sino que es necesario que nos atrevamos a leer atentamente las decisiones tomadas por cada una de las administraciones políticas que se sucedieron a lo largo de estas cuatro décadas y media de vida democrática. “Hemos vivido estos años de crisis en crisis, con una economía cíclica que alterna entre políticas liberales y populistas (…) que no logran una salida del estancamiento y la pobreza crecientes. Con un Estado ineficiente y atravesado por el clientelismo y la corrupción, y con los mecanismos de representación ciudadana muy deteriorados”, dice Sabato, destacando la nada despreciable cuota de responsabilidad que le cabe a la clase dirigencial argentina para que esto sea tal como se describe.

Pasaron cincuenta años… y sin embargo, para quienes fuimos parte de esa historia la tentación de memoria es difícil de sortear. Podríamos pasarnos días intercambiando recuerdos, reviviendo momentos traumáticos, buscando en la propia experiencia explicaciones y razones. Me gustaría hoy apartarme de ese camino para ensayar otra mirada. No obstante la sensación personal de cercanía con aquel momento, y el impulso de adjudicar muchos de los males que padecemos a ese período desgraciado de nuestra propia historia, me impacta cuán ajena resulta esa visión para una enorme mayoría de mis compatriotas, y no solo para quienes no vivieron esos años –que son legión- sino para muchos de mis contemporáneos para quienes la dictadura ocupa un lugar menor en sus preocupaciones actuales. Al mismo tiempo, para nosotros, apegados a esas memorias, veo el riesgo de convertir ese momento en el huevo de la serpiente que explique nuestras tribulaciones actuales.

Por ello, y aprovechando esta invitación del Club, voy a despegarme de esa mirada inmersa en el pasado, para intentar una reflexión que coloque el golpe de estado y la dictadura que siguió en la perspectiva que podemos tener hoy, incorporando lo que vino después hasta este presente cuanto menos inquietante.

Graciela Fernández Meijide e Hilda Sabato (7 de abril de 2026)

1

El golpe militar de 1976 fue uno de los más anunciados y hasta esperados de los tantos que vivió la Argentina a partir de 1930. Como suele decirse: no cayó como un rayo en un cielo sereno. La situación de esos años era cualquier cosa menos serena, pero para entender que la solución a los problemas que atravesaba el país se buscara en las fuerzas armadas, es necesario atender al lugar que estas ocupaban en la vida política desde hacía varias décadas. Constituían un factor de poder insoslayable, que se erigía por encima de las instituciones de la república para salvar la unidad de la nación, totalidad que no admitía particiones ni debates. Esa era la misión que se asignaron a sí mismas, con la aprobación explícita o implícita de diversos actores civiles. Así ocurrió en 1930, en 1943/46, 1955/58 y con mayor frecuencia y penetración, en los años 60 y 70. En todos estos casos, los militares tomaron y usaron el poder, con apoyos –según el momento- de organizaciones sociales, partidos, corporaciones, grupos de interés, de casi todos los colores políticos e ideológicos, según el momento. Los argentinos de a pie también contribuyeron a dar legitimidad al poder militar, en la medida en que muchos miraban con admiración y simpatía a quienes aparecían como la encarnadura del todo nacional. Por cierto que también hubo oposiciones, pero en general los golpes gozaban de una aquiescencia bastante amplia que solo más tarde solía horadarse.

A principios de 1976 todos anticipábamos el golpe, muy pocos lo temíamos. No obstante la evidencia de lo que había pasado en Chile y Uruguay, se prefería esperar un gobierno de orden, por decirlo así, que controlara una situación considerada desquiciada por la mayoría de la población. Lo que siguió fue represión, desmantelamiento de las organizaciones sociales y políticas, y el montaje de una máquina estatal de terror. Pero durante varios años sus efectos fueron minimizados por amplios sectores que preferían ignorar lo que era cada vez más visible, en nombre de esa paz armada que prometía felicidad. Y cuando, por razones diversas, el poder militar fue sufriendo desgastes y comenzaron algunas reacciones en su contra, sus jefes recurrieron a la “causa nacional” que movilizaba a gran parte de los argentinos, más allá de toda razonabilidad. En su nombre, se jugó el mundial de fútbol en 1978, y luego, la apuesta mayor y más nefasta: la guerra de Malvinas. No se equivocaron: hasta los perseguidos del régimen salieron a vivarlos. Y fue solo la aplastante derrota del 82 que marcó el principio del fin para el régimen

Esta dictadura duró bastante más que las anteriores, montó un aparato represivo feroz, buscó imponer cambios drásticos en materia económica, intervino en todas las esferas del Estado, y diseñó sucesivos operativos de propaganda para incidir sobre el imaginario colectivo. Al mismo tiempo, visto en perspectiva, está en continuidad con la historia previa: lo nuevo fue la intensidad y la escala de sus actuaciones, de la mano de un terrorismo de Estado de carácter inédito. Por ello, se suele considerar a la última dictadura un parte aguas en nuestra historia, en la medida en que nunca antes habíamos sufrido una acción estatal criminal de tal magnitud, que produjo una herida profunda en el tejido social. Sin embargo, sostengo que el viraje fundamental respecto al pasado no está dado en la excepcionalidad de ese desempeño, por más brutal que haya sido, sino por lo que vino después, a la caída de la dictadura. Allí comienza un nuevo ciclo político para la Argentina, en el que fueron quedando atrás los rasgos que habían predominado en el medio siglo previo.

2

El viraje se inició a finales de 1983, cuando contra los pronósticos más generalizados las elecciones presidenciales dieron el triunfo al radical Rául Alfonsín. Toda la historia anterior hacía prever que el peronismo ganaría, una vez más, esta partida. Explicar ese resultado ha ocupado muchas páginas, pero aquí solo lo tomaré como un primer indicio de que algo estaba cambiando en la sociedad argentina.

Hoy celebramos algunos de esos cambios que se probaron duraderos: Vivimos en una república donde rige el estado de derecho, se realizan elecciones periódicas según marca la ley, las sucesiones presidenciales han mostrado cierta alternancia, desconocida previamente, funcionan los tres poderes del estado, están vigentes libertades y derechos ciudadanos que se han ido ampliando, contamos con una esfera pública bastante vigorosa, entre otras buenas noticias. Sobre todo, se ha desterrado el peligro de los golpes militares, pues las fuerzas armadas ya no son hoy un factor de poder en la Argentina. Sin embargo, no estamos tranquilos: hemos vivido estos años de crisis en crisis, con una economía cíclica que alterna entre políticas liberales y populistas o, como prefiere -con razón- Pablo Gerchunoff, deflacionistas y productivistas, que no logran una salida del estancamiento y la pobreza crecientes. Tampoco la vida política ofrece consuelo, con un Estado ineficiente y atravesado por el clientelismo y la corrupción, y con los mecanismos de representación ciudadana muy deteriorados. Podría, en este punto, dar por terminada mi charla… pero quiero traer una cuestión que se discute poco y sin embargo, tiene consecuencias de largo plazo.

Me refiero a cómo esta nación que llamamos Argentina se fue redefiniendo y reconstruyendo como comunidad política sobre las heridas que dejó la década previa de violencia y terror. En estos cuarenta años, los diferentes gobiernos llegados al poder por la vía electoral quisieron redefinir el tejido comunitario nacional a su manera, sin lograr éxitos definitivos. Todos ellos proclamaron su adhesión a la república democrática, pero la concibieron y actuaron para forjarla según sus propios designios. En ese sentido, y en términos muy generales, distingo dos matrices principales, con algunas variantes, que aparecieron sucesivamente en estos cuarenta años, pero que a su vez continúan vigentes como modelos superpuestos de lo que queremos ser.

2.1

Comienzo en 1983, que es cuando, a mi entender, se inicia un cambio político trascendental. Ya como candidato, Alfonsín había sintonizado bien con el humor social que se fue creando en el ocaso del régimen militar. La democracia era el motivo central de su discurso y de su proyecto de refundar la república, y sobre ese eje buscó movilizar la esperanza colectiva. Luego de largas décadas de indiferencia, cuando no de hostilidad o desprecio, hacia los marcos institucionales republicanos, los argentinos encontraron en ellos y en la reivindicación de la ética política, la civilidad y el pluralismo, una consigna programática unificadora para remontar la salida de la dictadura. Era una fórmula que implicaba una crítica al régimen militar a la vez que se diferenciaba de tradiciones previas más esencialistas de la identidad nacional, sustentadas sobre la uniformidad cultural como sedimento colectivo. En este caso, en cambio, el fundamento de la unidad remitía al pacto político originario plasmado en la Constitución, sobre cuya base se proponía reconstruir la república en clave de democracia pluralista.

Ese proyecto pronto incorporó un motivo hasta entonces ausente de las preocupaciones políticas de los argentinos, la cuestión de los derechos humanos. Su introducción en el horizonte local tuvo su origen en la acción pionera de los organismos de derechos humanos durante la propia dictadura. Sin embargo, todavía en 1983, según una encuesta confiable, el tema no se encontraba entre las principales preocupaciones de la ciudadanía. Por ello, no dudo en afirmar que su instalación pública como aspecto constitutivo de la comunidad política nacional debe mucho a la acción del nuevo gobierno.

Desde el principio este encaró un proceso de revisión del pasado inmediato en que esos derechos se habían violado sistemáticamente. Sabemos lo que costó llevar adelante esa tarea, a través de la investigación y revelación de la acción criminal de la dictadura, y del juzgamiento por vía legal de los presuntos responsables de la violencia y el terror, que empezó con la constitución y acción de la Conadep y culminó con el Juicio a las Juntas Militares y a las cúpulas de los movimientos guerrilleros, y con la definitiva afirmación de una frase que selló la voluntad de cambio: Nunca Más.

Alfonsín no había sido el candidato predilecto de ninguno de los poderes fácticos del momento –FFAA, Iglesia, grandes grupos económicos, sindicatos obreros- y contó con la oposición inicial de un peronismo que, aunque debilitado por la derrota electoral, mantenía importantes bolsones de poder. El gobierno buscó contrarrestar esas desventajas apelando de manera directa a la ciudadanía y buscando asimismo un acercamiento a otros sectores políticos que se sumaron a la prédica democrática. Ello le permitió sortear algunos de los ataques más duros en su contra, incluyendo los planteos militares, y poner en marcha su proyecto de recomponer la república. El país entró así en un período de novedades políticas: la puesta en marcha de las instituciones de gobierno siguiendo los preceptos constitucionales, una reactivación de los partidos políticos, la reinstalación y ampliación de libertades y derechos, la reivindicación de valores de solidaridad y justicia social, un renacimiento de la vida pública en clave pluralista, entre otras.

Sobre esa matriz, se comenzó a recomponer la república. Los problemas políticos y económicos muy serios que se produjeron hacia la segunda mitad del mandato presidencial se procesaron dentro de esos marcos. Las elecciones nacionales llamadas en tiempo y forma dieron el triunfo al principal partido de oposición. Pero la presión política no cedió y llevó a una entrega anticipada del poder al nuevo presidente, Carlos Menem. No me interesa aquí explorar ese proceso, sino apenas señalar que la sucesión electoral entre partidos diferentes fue una novedad en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, aunque este logro de la nueva república quedó marcado por una transición traumática.

En el centro: Hilda Sabato, León Arslanián, Graciela Fernández Meijide

2.2

El flamante gobierno impuso cambios radicales en materia económica y social, a la vez que mantuvo el piso de la democracia pluralista ya instalado. Introdujo, sin embargo, algunas modificaciones en la letra y el espíritu previos. Así, hubo un redireccionamiento en la retórica y las acciones presidenciales, que apuntaron a un liderazgo personalista y a la erosión de la división de poderes en pos de un Ejecutivo fuerte. Con un estilo opuesto al más deliberativo de Alfonsín, Menem optó por un decisionismo que durante bastante tiempo concitó un apoyo generalizado. Los otros poderes, en cambio, fueron perdiendo peso relativo, debilitando así la institucionalidad republicana.

Un giro más importante se dio en el tratamiento del pasado reciente y sus heridas. La reconstrucción del tejido comunitario nacional exigía lidiar con ese pasado y en ese punto, Menem intervino fuertemente en un sentido diferente al de su antecesor. Así, consideró necesario clausurar las controversias vigentes sobre el terrorismo de estado y la violencia de los 70. Para ello, licuó logros anteriores en materia de justicia y defensa de los DDHH, culminando en el indulto a jefes militares y guerrilleros condenados en 1985. Con un mensaje de reconciliación nacional, se propuso dejar atrás las divisiones entre argentinos, poner un manto de olvido sobre la última dictadura y las violencias previas, sellar las tremendas heridas todavía abiertas para “inaugurar un tiempo de síntesis sin ningún tipo de exclusión”. En suma, enterrar las diferencias, clausurar el debate, frenar la búsqueda de justicia. Mientras el gobierno anterior abría ese período a la luz pública, como punto de partida indispensable para construir una comunidad política democrática, el gobierno peronista buscaba cerrar esa etapa como tributo a la unidad nacional.

En cambio, avanzó con decisión en el proceso iniciado por Alfonsin destinado a debilitar el poder económico y político de las fuerzas armadas, pero por otros medios, logrando que estas terminaran de perder la centralidad que habían mantenido desde 1930.

La reforma constitucional fue otro de los hitos de este período, que concitó apoyos de diferentes sectores políticos y sociales y desembocó en un productivo proceso de debate, revisión y reforma de las bases institucionales de la república. Entre otras modificaciones importantes, destaco la ampliación de libertades y derechos ciudadanos, que contribuyó a profundizar los fundamentos de nuestra nación como república democrática.

3

El final del período menemista fue agitado y en medio de una crisis económica y social aguda, se llegó a 1999, año de elecciones para presidente y para renovación de buena parte del parlamento. La nueva etapa se abrió con una nota optimista: la alternancia. Por primera vez en la historia argentina un presidente peronista entregaba el mando a otro que no lo era y que había triunfado en elecciones limpias. La democracia se anotaba un punto. Otra novedad: había ganado una fórmula propuesta por una alianza entre la tradicional UCR y el nuevo FREPASO, modificando así la arraigada tradición del bipartidismo.

Luego vinieron dos años muy conflictivos. La república hacía agua por todos lados…No me voy a detener aquí en las vicisitudes del fracaso de esta experiencia, que habría que revisar a fondo. Pero debo hacer un desvío de mi propósito general para dar cuenta muy brevemente de un momento grave para la supervivencia de la comunidad política tal y como venía sosteniéndose desde 1983.

Ante la parálisis del gobierno, la endogamia de los partidos, y la asfixiante situación económica, se desató una reacción social de una contundencia pocas veces vista en la historia reciente. Una explosión de protestas, espontáneas y alentadas por organizaciones sociales y políticas, recorrió la Argentina en cascada, mientras el presidente renunciaba y el sistema político en su conjunto mostraba su incapacidad para cumplir con su papel representativo, lo que quedaba claramente expresado en la consigna popular “que se vayan todos”. La situación era límite. Por una parte, mientras las protestas eran confrontadas por fuerzas de seguridad y la violencia escalaba, desde abajo se ensayaban creativas formas de auto-organización social para paliar las dificultades de la vida cotidiana en un país casi sin Estado y con una dirigencia alienada.  Por la otra, algo tardíamente comenzaron a movilizarse los recursos institucionales disponibles para la emergencia, hasta que a través del congreso se acordó políticamente una salida: la designación de un presidente de transición, el entonces senador Eduardo Duhalde, quien encabezó el gobierno hasta las elecciones.

Mucho habría para decir de este momento, que dejó una fuerte marca en la memoria de los contemporáneos. La república pareció a un tris de desintegrarse, pero finalmente sobrevivió, con nuevas heridas que recomponer. Un signo positivo: no hubo recurso a soluciones mágicas ni retorno de los militares. La afirmación institucional iniciada en 1983, aunque muy debilitada, seguía en pie y el gobierno de emergencia logró tomar el control de la situación social, política y económica y encarrilar la salida de la crisis.

4

Así se llegó a las elecciones de 2003. Consagrado presidente con un magro 22 por ciento de los votos, Néstor Kirchner se abocó de inmediato a incrementar su capital político. Y lo hizo a partir de una confrontación con sus predecesores, no solo en el plano de las políticas públicas sino sobre todo a través del cuestionamiento de las bases sobre las cuales había funcionado, mal o bien, el pacto democrático inaugurado en 1983. Frente al proyecto de construcción de una democracia pluralista, fundada sobre el respecto universal de los derechos humanos, el rechazo a la violencia política, y el fortalecimiento de la institucionalidad republicana, se propuso otro camino. En el marco del desquicio en que se hallaba el sistema representativo, Kirchner recuperó, en palabras de Botana, una regla de oro del peronismo: “la construcción de una hegemonía utilizando para ello los resortes del Poder Ejecutivo”. Y, agrego yo, de un Estado que estaba en ruinas y se dedicó a fortalecer en función de sus propios fines, a partir de las ventajas que ahora ofrecía a la Argentina el nuevo escenario económico internacional.

Aquí comienza un segundo momento en el proceso de reconstrucción de la comunidad política pos dictadura, sobre bases diferentes a las que, no sin dificultades, se habían mantenido desde 1983. El proyecto impulsado por Kirchner y su gente se basó en un motivo de larga prosapia en la Argentina, en versión renovada: la construcción de una nación homogénea en el plano político-ideológico, unida por un liderazgo hegemónico que encarna y a la vez constituye al pueblo como totalidad, legítima base de la nación. En este caso, Kirchner –más tarde Cristina- se erigió ese líder popular, mientras que cualquiera que disputara su lugar o su proyecto quedaba automáticamente colocado en el campo enemigo de la nación verdadera, al que había que doblegar. He ahí el núcleo simplificado de una formulación destinada a durar, que buscó desmontar el modelo previo de una democracia en clave pluralista y que convivió mal con el entramado institucional republicano que, a pesar de todo, siguió vigente.

El éxito popular inicial que obtuvo con este viraje reconoce causas muy diversas, entre las cuales destaco dos que estaban dadas y una que resultó de una magistral movida política por parte de sus promotores:

Lo dado: la larga tradición unanimista de la Argentina y, en el corto plazo, la degradada situación de la vida política y del sistema representativo.

Lo nuevo: la operación político cultural que llevó adelante el gobierno para reinstalar aquella tradición en el presente. La construcción de un relato del pasado argentino en general y del pasado reciente en particular fue clave en la definición de una identidad colectiva en tiempos de fragmentación de las identidades partidarias, desorientación ideológica y vacío representativo. Se forjó así el peronismo kirchnerista, como constelación político ideológica que logró reunir a sectores de origen partidario diverso pero que encontraron allí una nueva “causa” presuntamente nacional y popular, identificada con el relato único ahora enunciado desde el poder.

En ese relato, los Kirchner representan el último eslabón de la genealogía de héroes que encabezaron las luchas del pueblo argentino contra sus enemigos eternos, identificados desde la Colonia hasta el presente: Una historia lineal de buenos y malos que encontraba en los llamados “años 70”, su capítulo más heroico. En una reversión de la política de olvido impulsada por el gobierno peronista anterior, Kirchner reinstaló el tema de la revisión de los crímenes de la dictadura, pero lo hizo a partir de un relato memorial oficial que buscó instalar una verdad única y obstruyó así el debate sobre ese pasado traumático. Como ha señalado con agudeza Claudia Hilb, este período “estuvo signado por una apropiación crecientemente partisana de la temática de la memoria, que tuvo como consecuencia la erosión de la universalidad de la reivindicación de los derechos humanos”.

Quienes no se sintieran interpelados por el nuevo relato, quedaban automáticamente signados como enemigos del pueblo, reaccionarios, gorilas, categorías todas que implicaban la exclusión del campo popular y, por ende, de la comunidad política nacional. Así se consolidó la famosa “grieta”, entre los seguidores del gobierno y aquellos que, por diferentes motivos, no se alineaban con los buenos de esta película; una grieta que separó familias, amistades, colegas, y obstaculizó la conversación y discusión ciudadanas.

Esa división entre quienes adherían incondicionalmente al kirchnerismo y el resto, de filiaciones diversas, marcó a fuego la presidencia de Néstor y las dos de Cristina. La versión que impulsaron del todo nacional se impuso entre sectores amplios de la población, que se inclinaron por confirmar la hegemonía del populismo autoritario. Pero lo que parecía un modelo consolidado no resistió sus propios excesos, y fue perdiendo el atractivo que ejercía más allá de sus seguidores más fieles. El resultado fue la derrota del peronismo en las elecciones de 2015. Pero ello no significó que la matriz de comunidad política sobre la que fundaron su proyecto quedara definitivamente descartada, pues ella siguió y sigue teniendo vigencia como ideal para una parte no menor de los argentinos.

Graciela Fernández Meijide

5

Vinieron años complicados, en que los dos modelos previos de nación, con sus variantes, coexistieron, confrontaron en el espacio público y político, y se alternaron en la voz de las presidencias de Macri y Fernández. Mientras tanto, la política práctica no lograba satisfacer las demandas de representación entre una ciudadanía crecientemente desencantada. En ese escenario incierto, fue ganando terreno un personaje estridente y provocador, que venía abriéndose paso desde la retaguardia, un outsider, Javier Milei, quien se lanzó al ruedo como luchador contra la casta política en su conjunto y ganó la partida electoral.

Las elecciones fueron limpias y, si somos optimistas, podemos afirmar que triunfó la democracia, con la alternancia en el poder –era ya la tercera vez en la historia que un no peronista vencía a un peronista en las urnas. Esa mirada deja de lado, sin embargo, procesos de más larga duración, que muestran una afinidad profunda entre las formas de hacer política y de concebir la república de la nueva fuerza en el poder y el kirchnerismo al que desplazó. En efecto, no obstante sus colocaciones ideológicas y programáticas opuestas, ambos movimientos muestran una matriz común de nación, de comunidad política, muy distante de la que se ensayó en los 20 años previos. Resumo para terminar, sus principales rasgos:

-En materia institucional, un desprecio por aspectos clave de la matriz republicana, como la división y el equilibrio de poderes, en especial por el parlamento, y una jerarquización del Poder Ejecutivo, asociado al personalismo en el ejercicio de ese poder y a los intentos por forzar los límites constitucionales del presidencialismo.

-La aspiración al unanimismo, que se adjudica la única y verdadera representación de la nación, en esta versión “los hombres de bien”, frente al resto, los malos de la película, hoy identificados sobre todo, pero no únicamente, con los “kukas”.

-El uso vicario de la historia, en función del proyecto oficial. En este caso, se invierte el lugar de los héroes y villanos de la versión anterior, y ahora es Milei el que ocupa el pináculo de la virtud. En esa operación, el motivo éticamente clave de la defensa de los derechos humanos vuelve a quedar atrapado por la lucha partisana, hasta llegar a los extremos actuales de intentar borrar lo que se logró de Alfonsín en adelante en ese terreno.

-La llamada “batalla cultural” que se propone imponer un relato único, hegemonizar el discurso público, deslegitimar las opiniones diferentes, cancelar el debate plural. En su un despliegue de gestos, palabras y acciones, genera un clima de crispación constante, agresividad, en suma, violencia, que como sabemos, puede llegar a escalar peligrosamente y a volver a partir el tejido comunitario argentino. Ya hemos vivido la violencia en sede política y dijimos Nunca Más, pero hoy hasta esa formulación ha caído en la grieta.

Podría seguir con la lista, pero prefiero terminar aquí. No obstante los profundos conflictos que han atravesado nuestra sociedad en las últimas cuatro décadas, la república democrática erigida a la salida de la dictadura sigue en pie. En ese lapso, la reconstitución de la comunidad política herida siguió diversos caminos, orientada según dos modelos diferentes de nación, que predominaron alternativamente en estos años y a la vez coexistieron y coexisten como horizontes de expectativas colectivas. Nuestra sociedad ha demostrado capacidad de reacción para contrarrestar proyectos de uniformización y cancelación de las diferencias, cuando devienen autoritariamente hegemónicos. Esperemos que en un futuro cercano logre, además, ir más allá para crear y sostener alternativas que profundicen la vocación democrática enunciada en nuestra constitución.