«No matar», el documental dirigido por Juan Villegas, se convirtió en motivo de la mayor controversia actual sobre el pasado de la dictadura y la violencia revolucionaria. Es un debate que comenzó en los círculos del cine pero que los excede en la medida en que toca algunos temas sensibles de la deliberación política y moral sobre ese pasado. El film puede ser considerado un ensayo que busca reunir, o comunicar, las memorias habitualmente escindidas de ex militantes de la guerrilla con familiares de víctimas civiles provocadas por las organizaciones armadas.
Y plantea diversos problemas, ante todo, la tensión entre la memoria subjetiva, desde la experiencia vivida de los testigos, y una memoria abierta a la conciencia colectiva, a eso que se ha llamado el “uso público” de la historia. Por supuesto, no son problemas nuevos, y por momentos parece necesario recordar que estos problemas ya emergían hace cuarenta años, a la salida de la dictadura. También suscita preguntas acerca del tiempo presente, cuáles son las condiciones y el marco, hoy, para un trabajo de memoria y de reparación sobre ese “pasado que no pasa”. Emerge la cuestión de las víctimas, del terrorismo de Estado y de los crímenes de la guerrilla, del legado del Nunca más y, no menos importante, de las formas, los obstáculos, incluso las imposibilidades, de una memoria de todos.
Desde La Mesa proponemos abrir un espacio de conversación sobre estos y otros problemas suscitados por ese debate.
La intervención de Raúl Beceyro advierte sobre los riesgos de una toma de posición previa, en un tema disputado, y busca, ante todo, poner un foco en lo que el film dice. Seguidamente recupera una historia de la discusión sobre la lucha armada que se ha planteado desde el comienzo, incluso en México, en la revista Controversia, y siguió discutiéndose, abiertamente, en los noventa. En definitiva, no hay momentos inoportunos ni razones válidas para eludir ese debate en el presente.
Triste situación la de No matar. Antes de verla, uno ya ha leído opiniones encendidas sobre el film y parece obligado a que, antes de hablar del film, se deba hablar sobre lo que se ha dicho sobre él.
Creo que lo que se objeta, fundamentalmente, es lo que el film no muestra: puede hasta estar bien lo que dice, pero lo que lo invalida es lo que no dice.
Para empezar no es justo acusar a un film de no decir algo, porque, irremediablemente, todo film deja de decir cosas. El cine nunca abarca todo, es, siempre, más chico que lo “real”. Un film solo puede decir algo sobre eso de lo que habla. Se produce algo similar a lo que lo diferencia de lo que se puede ver desde una ventana. Mientras que mirando por una ventana se podría llegar a ver, por ejemplo, playa de estacionamiento, vereda por donde caminan peatones, calle por la que pasan autos, en el plano de una eventual película, solo se verán algunos de esos elementos, inevitablemente no todos.
Incluso en su materialidad el cine solo muestra algunos fragmentos de realidad. Una persona que va a una reunión en el quinto piso de un edificio puede ser vista, por ejemplo, en la Toma 1, entrando al edificio y, en la Toma 2, llegando a la oficina del quinto piso. Y ningún espectador sensato va a levantarse para exigir que se muestre cómo subía la escalera del cuarto piso.
Incluso en el caso de No matar la situación se complica porque su tema es de aquellos ante los cuales el espectador ya tiene una opinión antes de ver el film, e incluso tiene una opinión sobre la película antes de verla. Muchas veces se ha pensado que difícilmente un film cambie la opinión de algún espectador, sobre todo en cuestiones solidificadas como las ideas políticas, y que quien hace un film debiera resignarse a que lo que hace sea visto, leído, comprendido a partir de un saber inmodificable. El espectador sale de ver una película exactamente como entró.
Me parece que deberíamos dejar de lado cuestiones laterales como enunciar lo que la película no muestra, o lo oportuno o no de mostrar lo que muestra en un determinado contexto político, o ver secretas y maliciosas intenciones en todo lo que se muestra. Deberíamos incluso dejar de lado expresiones, que no se desarrollan ni se discuten, como negacionismo, teoría de los dos demonios, política de Verdad, memoria y justicia, palabras que funcionan como contraseñas y que, me parece, esconden más que lo que develan. Deberíamos humildemente ver lo que el film dice, simplemente.

«Apuntes para una lejanía nro. 48» (Mónica Fessel)
Lo que dice el film
No matar desarrolla detenidamente, a lo largo de más de tres horas y media, una especie de historia de las organizaciones guerrilleras de los años sesenta y setenta. Lo hace, fundamentalmente, a través del testimonio de dos ex-guerrilleros: Sergio Bufano, integrante de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO, como dice) y Aldo Duzdevich, miembro de Montoneros, que, hacia el final, va a adherir a la JP Lealtad.
La posición de los dos ex-guerrilleros es, en el presente, cuando hablan para la película, muy crítica respecto a sus organizaciones, y además, ya han escrito libros sobre su experiencia.
La discusión sobre la legitimidad del uso de la violencia, sobre el funcionamiento de las organizaciones guerrilleras, las diferentes etapas, desde la época romántica del comienzo hasta la fase militarista del final, con uniformes, charreteras y categorías militares, la supremacía de consideraciones guerreras sobre las políticas, la relación guerrilla/Perón, con cambiantes situaciones, todo eso es desarrollado en el film a través, fundamentalmente, de esos testimonios.
En cierto momento, y después del relato de Bufano sobre el asesinato de una chica que había sido secuestrada, cuyo rescate el padre se había negado a pagar, y que, por razones de seguridad, fue asesinada por los guerrilleros, aparecen declaraciones de familiares de personas que fueron asesinadas por la guerrilla. Uno de esos casos es el de las dos hijas de Antonio Muscat, gerente de una de las empresas de Bunge y Born, asesinado con el fin de enviar de esa manera un mensaje a Jorge Born y “obligarlo” así a pagar el rescate por sus dos hijos secuestrados por la guerrilla. El caso Muscat ha sido mencionado en muchas ocasiones por historiadores y periodistas (últimamente María O´Donnell hablaba sobre eso, destacándolo como ejemplo de un asesinato feroz y desalmado).
Cuando se le recrimina a No matar no tener en cuenta que el gobierno actual trata de justificar lo actuado por la dictadura militar del 76 al 83, y que se convierte así en una especie de cómplice al hablar ahora de las víctimas de la guerrilla, se desconoce el hecho de que la discusión sobre la lucha armada, su justificación, sus “errores” que se traducían en asesinatos, es una vieja discusión que se planteó desde el comienzo.
En cierto momento Bufano habla sobre el exilio en Méjico, y sobre la existencia de dos organismos de exiliados argentinos, uno integrado por partidarios de la lucha armada, y el otro por ex-guerrilleros que planteaban dudas sobre ese hecho, por ex-funcionarios de Cámpora, por militantes de diversas organizaciones, etc. Así menciona a la revista Controversia, en la que participaban personalidades como Aricó, Portantiero, Righi, el propio Bufano, etc., que se puede consultar online, en donde ya se discutía lo mismo que No matar discute hoy.
En las discusiones sobre estos temas uno de los argumentos es el “darle armas al enemigo” porque se lo hace en un momento inoportuno. Pensemos que Controversia plantea esas cuestiones cuando todavía estaba la dictadura militar, y donde entonces podía discutirse todavía más plantear esas cuestiones en ese momento, pero aun así hubo intelectuales que plantearon valientemente la cuestión.
La publicación de “Regreso de la Unión Soviética” de André Gide, en 1936, es quizá el primero o el más conocido caso, de objetar lo inapropiado del momento “de la publicación de sus impresiones”, aunque las críticas a No matar, exceden lo inapropiado del momento.
Lo mismo de siempre
A fines de los noventa se planteó la misma discusión pública que hoy. En aquel momento aparecieron films y libros que suponían una reivindicación completa y sin matices de la guerrilla de los setenta. Se veía Cazadores de utopías, de Blaustein, Evita la tumba sin paz, de Tristán Bauer, con guión de Miguel Bonasso, se leía el libro de Bonasso, El presidente que no fue, La voluntad de Anguita y Caparrós: una especie de Historia oficial.
Bonasso vino en aquel entonces a Santa Fe, participó en un acto en la Universidad y defendió su posición en dos puntos centrales: lo de Aramburu no fue un asesinato sino un ajusticiamiento, una ejecución, y no cabía ninguna autocrítica de los Montoneros, porque para eso los otros tenían que empezar a autocriticarse primero.
En el Juicio a las Juntas se planteó algo parecido, pero en esa ocasión en nombre de los acusados de terrorismo de estado (¿los dos demonios?). Los militares aducían que todos los desaparecidos habían cometido actos criminales. En su alegato los Fiscales desestimaron esa defensa:
«Entre las muchas deudas que los responsables de la instauración de este cobarde sistema de represión han contraído con la sociedad argentina existe una que ya no podrán saldar.
Aun cuando ellos tuvieran prueba de que todas las personas secuestradas hubieran participado en actos de violencia, la falta de juicio y de sentencia condenatoria impide que la República considere a esas personas como responsables de esos hechos.
Los informes de los servicios de inteligencia pueden servir para orientar una investigación, pero no reemplazan a una condena a muerte. Y es por eso, señores jueces, que de acuerdo con nuestra Constitución y con nuestras leyes (…) murieron y desaparecieron inocentes cada una de las personas que fueron torturados y asesinados bajo el sistema de terror implantado por los acusados. Quisiera repetirlo: la falta de condena judicial no es la omisión de una formalidad. Es una cuestión vital de respeto a la dignidad del hombre.”
Esto decían los fiscales. Los desaparecidos murieron inocentes. Y Aramburu también, salvo que se considere justicia a ese acto en que la misma persona era fiscal, luego juez y finalmente verdugo. Una locura.
Las situaciones cambian, y siempre puede argumentarse que el contexto no permite plantear estas cuestiones. Me parece que no debemos ser menos que los intelectuales que planteaban en la revista Controversia estas mismas dudas e interrogantes, aun durante la dictadura militar. Revisar los nombres de los autores de los artículos en Controversia y leer sus consideraciones (y en ese momento…) aparece como una referencia.
Héctor Schmucler decía: “Los derechos del hombre, en la perspectiva política argentina, se vuelven, pues, algo más que un pretexto de acción contra la junta militar y sin duda han de pasar a ser patrimonio del pueblo. Lamentablemente la guerrilla ha pasado a confundir su imagen con la del propio gobierno en la medida que ha cultivado la muerte con la misma mentalidad que el fascismo privilegia la fuerza. En nombre de la lucha contra la opresión, ha edificado estructuras de terror y de culto a la violencia ciega. Ha reemplazado la voluntad de las masas por la verdad de un grupo iluminado.” (Revista Controversia Nº 1, Méjico, Octubre de 1979)

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